La banda sonora de “2001: A Space Odyssey” (1968), que Alex North escribió para Stanley Kubrick aunque nunca llegó a ser utilizada en la película, arranca con sofisticadas piezas ambientales que dotaban de atmósfera y narratividad unas imágenes con las que el realizador, provocador y outsider donde los haya, prefirió ser parco y contundente al introducir al espectador en los orígenes del hombre. El suave y tímido adagio para cuerdas de “The Foraging”, al que van sumándose algunas maderas, hubiese dotado de misterio e inquietud a la presentación de los simios, mientras que la paleta musical de North se antoja retorcida y deliberadamente agreste, fiel al sofisticado estilo de su autor, con la intensidad dramática de “The Bluff”, una joya en armonía y construcción tonal donde metales y maderas contribuyen a un excitante frenesí con el sangrante apoyo de las cuerdas y una fuerte presencia de los timbales, que resaltan el carácter rudo y tribal de una música, por extensión, salvaje y primitiva.

La calma regresa a la vida de los simios, aunque bajo el inquietante influjo de la Luna, en “Night Terrors”, una breve pieza ambiental cuyo tono misterioso infunde una notable intranquilidad mediante el delicado uso de violines en registros agudos y el sutil apoyo del arpa, los timbales y algunos instrumentos de viento. El tema “Bones” constituye la muestra más evidente de las imposiciones musicales de Kubrick: una suerte de fanfarria en la que el compositor de “Spartacus” cedió, con una excepcionalidad única en su carrera, a las apetencias del director emulando la estructura y hasta la instrumentación (por ejemplo, el órgano de catedral que cierra el tema con una nota sostenida) de “Also Sprach Zarathustra”, escrita por Richard Strauss, que acaba sonando en los créditos iniciales y durante la escena que preludia la elipsis más larga de la historia del cine. Para esa antológica escena, North versiona la composición de Strauss con un sonido más contemporáneo en un alarde de inventiva musical.

“Eat Meat and Kill” recupera la intensidad de “The Bluff” en una nueva (y ejemplar) demostración de genialidad para un momento huérfano de partitura, como casi todo el primer acto en el que se enmarca: el primer asesinato cometido en la Tierra. Se ilustra ese caos con una música enloquecida y visceral, en la que metales y percusión luchan por imponerse en un extenso tour de force, condicionado por varias pausas muy pronunciadas, donde la sección de cuerda sólo aparece en la segunda mitad. Un hueso lanzado al aire encadena con un satélite, cuatro millones de años después, en una de las secuencias musicalmente más atrevidas de la historia del celuloide: una coreografía de satélites y naves espaciales que Kubrick “decora” con un vals (“The Blue Danube”, de Johann Strauss II, aunque originariamente pensó en un scherzo de Mendelssohn) y que North hubiese ambientado con la elegancia de ese vals vienés pero llevada a su terreno: una alegre pieza (“Space Station Docking”) animada por el tono ligero y vivaz de maderas y cuerdas que, más adelante, se enturbia con diversas acotaciones de carácter disonante.

El ambiente nocturno y aparentemente pacífico de “Night Terrors” asoma de nuevo en “Space Talk”, con un suave diálogo entre cuerdas y arpa con posteriores maderas que se suman a la conversación. El carácter recogido y lineal de la composición (cuya escena volvió a quedar sin música) reaparece en “Trip to the Moon”, pieza de tono casi celestial, con flautas, arpa y clavicordio. “Moon Rocket Bus”, última pieza de la partitura (que debió sonar transcurridos sólo 50 minutos de proyección) es una de las más extrañas y fascinantes de la carrera de su autor, quien envuelve el misterioso descubrimiento del monolito con una hipnótica combinación de metales, maderas, órgano, clavicordio y la voz de una soprano que Kubrick detestaba cordialmente y acabó sustituyendo por un fragmento de “Lux Aeterna”, de Gyorgi Ligeti. El director ya no necesitaba más música original a partir de ese momento para la película y así se lo hizo saber al músico, que acabó viendo rechazado todo su trabajo en el estreno de la cinta. No obstante, la banda sonora que Alex North compuso para “2001: A Space Odyssey” merece figurar entre las cimas de su carrera y entre ese pequeño grupo de bandas sonoras que, quizá como la propia película, se adelantaron a su época y revelan una modernidad espeluznante.

Reseña de David Serna Mené.