La banda sonora de “55 Days at Peking” de Dimitri Tiomkin se construye en torno a cuatro temas diferenciados pero no siempre bien desarrollados o articulados entre sí, sino más bien desperdigados durante el frágil itinerario de incidencias del filme a falta de implicaciones dramáticas más trascendentes: uno agitado y feroz para la revuelta de los bóxers (“Rebellion Theme”); otro de un eminente aire ruso para la baronesa interpretada por Ava Gardner (“Natasha´s Theme”); un tercero dedicado a la niña mestiza huérfana Theresa (“Moon Fire”); y un cuarto planteado como tema de amor entre Charlton Heston y Gardner (“So Little Time”). Es tal el desapego de “So Little Time” en la construcción emocional del score (aun siendo una melodía evocadora y destacable) que Tiomkin no acude a ella ni en los créditos iniciales ni en los finales (donde el “End Title” es reemplazado por un corta y pega de “Welcome Marines”), prefiriendo en ambos casos desarrollar la -más emocionante y bella, todo sea dicho- melodía de Theresa: una delicada pieza lírica que, con la misma paleta orquestal, ejerce mejor de oasis a la hora de aislar la humanidad del relato y exprimir musicalmente la superación en mitad del caos, la belleza frente al horror (una melodía, por cierto, que servirá de esbozo para dibujar, en 1995, a otra joven indígena físicamente no muy alejada: la “Pocahontas” de la banda sonora de Alan Menken).

Es Theresa, esa niña endurecida por la vida, la que ejerce un “chantaje emocional” sobre el espectador/oyente y despierta toda su compasión, por lo que Tiomkin, aun no siendo demasiadas las escenas en las que aparece, no duda en convertirla en protagonista, en la voz tierna e inocente de su partitura. Ahora bien, su decisión entraña una realidad menos ingenua y más reprobable: como hábil empresario que ve muchas más posibilidades comerciales en el tema de amor, el compositor emplaza estratégicamente “So Little Time” a aquellos espacios en los que no hay imagen y la música habla por sí sola (“Overture” y “Exit Music: The Peking Theme”, esto es, antes y después de la proyección), intentando explotar económicamente su música más allá del celuloide (como siempre hizo, en especial en sus encarnizadas carreras hacia el Oscar). De hecho, llama enormemente la atención que, al finalizar la película, sea el siguiente rótulo y no otro, el primero (y el único) que aparezca en letras grandes precediendo al ineludible “The End”: “The Peking Theme: So Little Time. Recorded by Andy Williams on Columbia Records. Words by Paul Francis Webster. Music by Dimitri Tiomkin”. Además es una maniobra engañosa, pues mientras se promociona “So Little Time” lo que suena finalmente en la película es la dulce melodía de Theresa (tras haber cortado y pegado el tema “Welcomes Marines”, que extrañamente casa mucho mejor que el “End Title” original), como también puede descolocar la introducción del tema de la baronesa en la obertura; esto es, una pieza marcadamente rusa (a lo “Doctor Zhivago”) para introducir una historia que se desarrolla en Pekín.

Donde Tiomkin acierta es en la instrumentación dentro de la banda sonora, acudiendo a un solo de violín para acentuar la ostentación de la baronesa (“Natasha Visits a Chinaman”, “Hotel Blanc”) o a una cálida armónica para arropar a Theresa cuando conoce la muerte de su padre (“Moon Fire”, el momento más honesto y sentido de la partitura). Pero, como siempre le ha sucedido, abusa más de la cuenta tanto del subrayado musical (que deja sin respiro al espectador) como de sus continuos arrebatos de agitación, con mil y una notas sonando al unísono indistintamente de si lo que asoma en pantalla es una escena de transición (tipo “Spoiling the Empress Party”), el crudo asesinato del ministro alemán (“Murder of the German Minister”) o la primera batalla con los bóxers (“Here They Come”). Asimismo, también fuerza la inclusión de himnos, marchas, temas tradicionales y piezas de la época en lugar de temas propios menos recurrentes, como el baile en la embajada británica (“Dance at the British Embassy”, donde toma prestada la pieza “Mosquito Parade”, de Howard Whitney); el scherzo victoriano que acompaña a los hijos del embajador (“Children´s Corner”, donde arregla “The Whistler and His Dog”, de Arthur Pryor); la melodía escocesa de “Auld Lang Syne” que suena en el epílogo (y que Tiomkin ya había empleado en el memorable final de “It´s a Wonderful Life!”); o los himnos de las potencias ocupantes en China que se agrupan al comienzo del filme (excluidos de la edición discográfica).

Reseña de David Serna Mené.