Los numerosos cambios perpetrados por el director de la película, Ridley Scott, y su editor, Terry Rawlings, desequilibraron la coherente estructura de la banda sonora de “Alien” (1979), escrita por Jerry Goldsmith en su mejor momento (ese año compuso también las soberbias “The Great Train Robbery”, “Players” y “Star Trek: The Motion Picture”) y dotaron de un nuevo sentido a la película desde el prólogo, para el cual, en lugar de la romántica melodía escrita por el compositor para infundir un halo de belleza y misterio a la nave Nostromo anclada en el espacio (“Main Title”), el cineasta obligó a Goldsmith a escribir una música más extraña y amenazadora. Al desaparecer esa atmósfera lírica tan inusual en el cine de ciencia-ficción, cercana al universo musical creado por Kubrick en “2001”, el comienzo de “Alien” derivó hacia lo convencional y lo esperable en un filme de terror ambientado en el espacio, convirtiendo una película en la que podría suceder cualquier cosa (el sentido de una melodía tan lírica en mitad del espacio sólo depende de lo que venga después) en una película donde, sencillamente, “algo malo va a pasar”.

Las dos opciones plantean lecturas inteligibles, pero Scott acabó imponiendo la suya y eliminando de la película la genial creación de Goldsmith, que bien podría haber mantenido en los créditos finales, convirtiendo el misterioso romanticismo del prólogo, con esa trompeta solista sobre un sostenido de cuerdas, que parece dibujar la insignificancia del ser humano ante la inmensidad del espacio, en una sensación de alivio al finalizar la pesadilla (como pretendió con una variación del tema, más tranquila y relajada, en los “End Title” originales, que acabó sustituida por el segundo movimiento de la Sinfonía nº 2 de Howard Hanson), aunque un alivio no exento de cierta incertidumbre en lo que respecta al destino de la única superviviente, sumida de nuevo en la soledad de un espacio gélido y desconocido. Aun así, Goldsmith no renunció a mostrarse coherente en los nuevos “Main Title” y, siguiendo las indicaciones de Scott, escribió una pieza (similar al corte “The Passage”) que pone sobre la mesa el audaz vanguardismo del score (más en pleno resurgimiento sinfónico a raíz de “Star Wars”) en su fría atonalidad y en sonidos poco comunes, asépticos, tan desalmados como el “alien” invasor, entre los que sobresale el empleo de instrumentos en desuso (como una caracola india, el didjeridu o el serpentón, que sólo Herrmann había utilizado en la partitura de “Journey to the Center of the Earth”) y el eco reverberado de pizzicatos, percusiones sintetizadas y un recurrente motivo de dos notas ejecutado por flautas (técnica denominada echoplex y que ya utilizó en “Planet of the Apes”, “Coma” o en el memorable arranque del tema de “Patton”).

Influenciado por la vanguardia europea del este (desde Penderecki y Ligeti a Bartók y Stravinsky), Goldsmith combina progresivamente, de menos a más, ese apabullante abanico experimental de sonidos agrestes y amenazantes para infundir una paulatina sensación de violación de la soledad de los tripulantes y preparar al espectador para las terroríficas consecuencias de la intromisión del “alien”, cuya música acaba resultando tan fría como el espacio vital que invade, ya sean las blanquecinas y poco acogedoras dependencias de la nave Nostromo o la distancia interpersonal que separa a la propia tripulación, a la que Goldsmith pinta con música tonal y amagos de melodías que, poco a poco, se consumen ante el desgarrado universo atonal que atribuye a la criatura. Como hiciera John Williams en “Jaws”, sugiere su presencia con efectos distorsionados, metales que chirrían, cuerdas afiladísimas y maderas en sus registros más bajos, que laten en el subtexto de la acción con el mismo protagonismo (o más) que los, a menudo, intrascendentes diálogos, y cuya fascinante combinación de sonidos sintetizados e instrumentos reales enfrenta conceptualmente lo orgánico de la criatura con el mundo tecnológico en el que acaba de instalarse, su naturaleza instintiva y visceral frente a los mecanismos civilizados y cerebrales del hombre.

Toda esa paulatina (y elaborada) asimilación del horror, con una originalísima combinación del serpentón (un viejo instrumento cuyo sonido parece la suma de una tuba, una trompa y un fagot, en cortes como “A New Face”, “The Lab”, “Drop Out” o “Here Kitty”), el didjeridu (otra exótica reliquia de madera ahuecada, de origen australiano, que acompaña al serpentón en “Hanging On” o “Parker´s Death” para crear el denominado “efecto Alien”) y otros extraños instrumentos, junto a abundantes sonidos echoplexados (los violines de “The Craft”, los agudísimos registros del arpa en “A New Face” o la caracola india en “The Passage”), conduce a una vibrante explosión del pánico que ha ido engendrando el “alien”, ahora más sanguinario que nunca, a partir del corte “It´s a Droid”, en el que Goldsmith, como hará en “Poltergeist”, empieza a orquestar el aterrador clímax mediante excitantes muestras de su poderío en el género de terror que, por desgracia, como la mayoría de temas de la banda sonora, fueron desechadas, mutiladas o reemplazadas por nuevas versiones que resultaron igualmente acortadas (“Parker´s Death”, “Sleepy Alien”, “Out the Door”).

Por todo ello, la banda sonora de “Alien”, de Jerry Goldsmith, editada íntegramente por Intrada, resulta imprescindible para cualquier aficionado a la música de cine con sentido del deber y es un sueño hecho realidad para los miles de admiradores de esta fascinante obra maestra, siempre bella, siempre inquietante.

Reseña de David Serna Mené.