El motivo del cariño y preferencia del aficionado por la banda sonora de “Back to the Future” de Alan Silvestri es uno de los temas principales más memorables, impetuosos y eufóricos del cine de los 80 y, por ende, del grueso de partituras que en pleno resurgimiento del sinfonismo contribuyeron a aumentar esa desbocada pasión por la música de cine. ¿Radica en la melodía principal de “Back to the Future” todo el mérito y el impacto de la banda sonora? Sí y no. Histórica y sociológicamente, se le puede atribuir el peso de la leyenda, pero en verdad el conjunto de la partitura, pese a poder resultar demasiado incidental al oído de algunos aficionados, destila una técnica, una calidad compositiva y una frescura que marcarán a fuego los rasgos de estilo del auténtico Silvestri. Afortunadamente, el compositor entendió “Back to the Future” como su gran ocasión, y junto al heroico tema principal (que moldea según la situación y que en realidad no desarrolla íntegro hasta los “Back to the Future End Credits”, pues la película comienza sin música, sólo con el tictac de unos relojes, en homenaje a los primeros fotogramas del clásico de George Pal “The Time Machine”), Silvestri hace más compacta y “lujosa” la película esparciendo muchas ideas en forma de breves motivos, asociados tanto a personajes como a situaciones, y que homogeneizan la anarquía temporal y espacial derivada del viaje de Marty y Doc al año 1955 (un caos que aumentará exponencialmente en las dos secuelas).

Las tres notas del tema principal prácticamente vertebran toda la composición: unas veces ejecutadas por los metales, de un modo más solemne (con un acompañamiento de aire militar en “’85 Twin Pines Mall” o más misterioso, con trompeta con sordina, en “’55 Town Square”), y otras por el viento (como la delicada flauta de “Lorraine’s Bedroom”). Quizá con la finalidad de hacer más llamativa y pomposa su creación, Silvestri raras veces cede el protagonismo a las cuerdas, esas tan esenciales en el revival neosinfonista de los 80 y que, por ejemplo en el tema principal, sólo lideran la melodía en su segundo tramo, quedando relegadas a armonías muy concretas y a escenas de cierta emoción. Junto a percusiones y sonidos sintetizados, son los instrumentos de viento (especialmente los metales) quienes asumen la consistencia y textura del score, utilizados a menudo en registros graves y de una manera muy voluble, propiciando un constante diálogo entre sí. Es lo que sucede con dos ideas asociadas a Doc y a su mundo de experimentos que Silvestri suele ensamblar (en cortes como “Einstein Desintegrated”, “1.21 Jigowatts” o “Marty Ditches DeLorean”): un enigmático motivo de seis notas descendentes y unos juguetones acordes que ilustran las peripecias del científico y que diferentes instrumentos se cruzan en todo momento, con una versatilidad y una riqueza expresiva que, tres años después, cosechará sus mejores frutos en la ejemplar “Who Framed Roger Rabbit?”.

El villano (Biff Tannen) tiene su contratema, pero dada la naturaleza de la creación y de la propia película (que intenta desligarse de los tópicos y cuyo endiablado ritmo apenas deja espacio para un desarrollo temático convencional), se limita a un parco e insistente motivo de ocho notas que ejecuta el piano en “Skateboard Chase” y “George to the Rescue – Pt. 1”, o el sintetizador, de un modo más sutil e intrigante, en “George to the Rescue – Pt. 2”. Silvestri arroja todo su potencial en la antológica secuencia de la tormenta y la torre del reloj (“It’s Been Educational; Clocktower”), un derroche de talento y precisión que aglutina prácticamente todas las ideas del score en un “tour de force” trepidante y memorable, con la batería secundando el crescendo de la melodía principal como sucederá en “Predator” y las cuerdas (esas que sólo asoman en los momentos clave) apareciendo emocionantemente junto a los metales para anticipar el éxito del experimento. De este modo la banda sonora de “Back to the Future” de Alan Silvestri representa por un lado la culminación artística del “cine de adolescentes” (ese estrafalario cajón-desastre ochentero capaz de proporcionar entretenimiento e inmundicia a partes iguales), y por otro, ese pequeño granito de arena que tantas montañas de amor por el cine y las bandas sonoras ha ido cimentando en los espectadores jóvenes más receptivos.

Reseña de David Serna Mené.