Resulta interesante reflexionar sobre como las modas y las corrientes estéticas modifican la percepción que tenemos de las artes. Cuando uno piensa en el proceso de composición de la música de cine, de una película cualquiera, no dejan de aparecer en nuestra mente ideas preconcebidas sobre cierto análisis intrínseco de los conceptos que los relatos deben generar per se en su comentario musical o sonoro. O que deberían contener. El cine comercial moderno queda muy lejos en forma y fondo de lo que muchos añoramos y no tiene motivos por los cuales rendirnos pleitesía en forma inamovible de concepción y desarrollo de sus bandas sonoras. No en vano es la nueva generación de espectadores la que paga las entradas de cine y es a ellos a los que se dirigen las propuestas de las nuevas películas y su correspondiente envoltorio. La música de cine que bandas sonoras como “Divergent” postulan de forma inequívoca responde a esa necesidad comercial actual y a esa vinculación estética de moda con la generación del 3D, los Djs y las macrofiestas de fin de semana. Todo está conectado y no tiene porque haber ideas que articulen el entretenimiento más allá de las evidentes.

Junkie XL viene a ser el paradigma del nuevo músico de cine como producto en sí mismo, la figura ideal que todos los productores de blockbusters querrían emplear en sus juguetes de más de cien millones de dólares con vocación de trilogías. El Dj ha aprendido de Zimmer las reglas básicas en lo relativo a la unión audiovisual de conceptos sonoros y en su bagage profesional ya contaba con todo lo necesario en lo tocante al impacto sensorial de la música. En ambos casos lo evidente, lo que conecta con las sensaciones más primarias que cualquier estímulo externo puede generarnos. Una suma de talentos quizás escasa si atendemos a parámetros de conservatorio, pero a todas luces exitosa si hacemos números. Y en Hollywood los números son lo único que cuenta.

La banda sonora de “Divergent” presenta una amplia y elaborada paleta electrónica, con múltiples ideas sonoras ciertamente atractivas si las valoramos como música de discoteca o canción de lista de éxitos. De hecho cuenta entre sus valores añadidos la participación directa de una de las nuevas adolescentes cantarinas de moda como es Ellie Goulding, tanto aportando canciones propias como colaborando con vocalizaciones dentro de la partitura original. Estas intervenciones sugieren esperanza, calado romántico y aventurero, mientras que los punteos de guitarra eléctrica, los rítmos electrónicos y las pequeñas células motívicas de orden diatónico e intenciones épicas se complementan con machacones estructuras percusivas circulares, bloques de creciente intensidad marcial desgarrada e intensa, e incluso un conato de scherzo para cuerdas sintetizadas a modo de remanso lírico y optimista final, todos ellos idénticos en intenciones a cualquier otro pasaje similar de “300; Rise of an Empire”, “Paranoia” o cualquier otro producto parecido de nombres afines al de Junkie XL como Henry Jackman, Cliff Martinez, Clint Mansell o Steven Price. Con ecos a obras precedentes que parecen ya lejanas como “Thelma & Louise” de Zimmer o incluso “Alexander” -entre otras obras- de Vangelis, la banda sonora de “Divergent” supone la quintaesencia de lo moderno, demostrando así que las ideas sonoras modernas para cine ya no se crean ni se destruyen, solo se reciclan.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.