Configurada como es habitual en sus ediciones discográficas en largos cortes musicales al objeto de unificar las breves intervenciones editadas para la pantalla, esta magnífica partitura gana en coherencia gracias al agrupamiento temático con que Carles Cases traza las líneas maestras de este disco editado por Saimel, el ya veterano sello valenciano, presentando en los dos primeros temas la ilustración musical puesta al servicio de las protagonistas del film, Eloïse y Asia. Y lo hace sobre un formato camerístico, que se ajusta con sutil precisión a la intimista e iniciática historia de amor entre los personajes femeninos protagonistas. Tanto uno como otro gozan del piano como elemento instrumental solista, pero en “Eloïse” el motivo (y su ejecución) es mucho más ágil, acorde al carácter del personaje, mientras que en “Asia” adquiere un tono más melancólico. También en ambos la cuerda juega un papel fundamental de apoyo (solo hay que escuchar el comienzo del disco, con esos acordes de características impresionistas), que se combinan con los diversos instrumentos que, alternándose, ofrecen sus intervenciones solistas (la trompeta con sordina y el clarinete en el primero, el violín en los dos) o en forma de duetos, como en “Eloïse”, entre el violín y la trompeta junto al clarinete y la cuerda. En “Asia”, en cambio, el registro de la cuerda varía hacia la gravedad, a la búsqueda de una tonalidad oscura, hasta que irrumpe el solo de violín que propicia un tono lindante entre la evocación y la nostalgia, muy morriconiano.

Y aunque Cases ha destacado en numerosas ocasiones por sus variados y notables registros para Ventura Pons y Gonzalo Suárez, ha alcanzado un grado de madurez y maestría tal que consigue dotar a cada una de sus notas musicales de una sencillez y elegancia que solo pueden provenir de la más pura inspiración y genialidad, de la sabiduría, en definitiva, algo que permite al aficionado atento sentirse ante una obra especial. Otra pequeña joya que añadir al haber del compositor que con estos pocos elementos orquestales consigue una soberbia miniatura gracias a los delicados, toda vez que emotivos, temas centrales, pero también al uso de una orquestación precisa y fiel a los planteamientos que en él son habituales. De este modo, la contenida incorporación de elementos percusivos en “La Madre” (que comienza con una original “llamada” efectuada con una caracola marina) y “Cama sin Cuerpo”, obedece a los criterios contrapuntísticos de “fusión musical” a las que tan proclive es Cases desde los tiempos de la excelsa “Mi Nombre Es Sombra”, así como la introducción de la peculiar y “mágica” sonoridad del serrucho musical (utensilio forzado a tomar la forma de una “S” para ser tocado por un arco) en “Suite Acuática”, en la que también da cabida a unos dramáticos timbales. El scherzo minimalista que incluye este último corte, así como la ralentización del tema central a piano son recursos que el compositor asume y a los que dota de una plasticidad fuera de lo común, aún a pesar de tratarse de herramientas estéticas que pueden entrañar cierta sensación de monotonía o fatiga en el melómano.

En la carpetilla del disco se comenta el corte “Esbozos en Carbón”, destacándolo por su sensibilidad y por la combinatoria de los elementos orquestales que establece, en especial el piano, que de ágil y delicado en su ejecución inicial pasa a reclamar el protagonismo absoluto en el tramo ecuatorial del fragmento. Es un solo que representa la quintaesencia de la partitura, de clara vocación poética por su sensibilidad y vocación melódica, contenida pero de alto voltaje emocional. Una auténtica ofrenda para los sentidos. Con todo, el compositor también afronta las veleidades narrativas que la película plantea gracias a su notable capacidad de descripción, como se observa en “Desenlace”, donde Cases crea una pequeña suite con las intervenciones musicales del tramo final de la historia. Por ello las intervenciones del piano se tornan más tétricas al igual que la cuerda ejecuta unos scherzos proclives a la generación del suspense narrativo necesario, combinándose, a su vez, con el morriconiano solo de violín citado al que el compositor superpone un expectante juego de pizzicatos con la cuerda que contrasta, de nuevo, con el siguiente solo de clarinete, en un registro grave, acompañado de ciertas sonoridades atonales. La superposición, una vez más, de elementos percusivos (contenidos, pero audiblemente “visibles”) dan paso al inicial tono tétrico del piano para finalizar este atmosférico corte con el brioso trío conformado por la cuerda, el piano y el solo de violín, que se conjugan bajo el scherzo de tonos minimalistas que vitaliza la partitura. Es aquí donde hace acto de presencia el Cases generador de atmósferas, al creador de “Darkness”, “Km. 31” o “Dagon”, pero también el narrador musical que ha sabido hacer de su oficio todo un arte.

“Cama sin Cuerpo” es, en este contexto, el brillante y delicado broche final con el que el compositor da paso a la variedad de recursos empleados a lo largo de la grabación, desde la exquisita sensibilidad del comienzo con el piano, a los juegos con la percusión o la mencionada ralentización de la ejecución pianística. En esta ocasión, además, se le añade al solo de clarinete uno de flauta que torna más vital y fútil la resolución de la trama, donde el emprendido camino iniciático ha llegado a su fin. El final de las elusivas notas pianísticas dedicadas a la protagonista lo confirman y despiden, del modo más elegante, pero más sencillo y natural posible, una partitura tocada por la gracia de la sabiduría mejor aprehendida.

Reseña de Frederic Torres.