La banda sonora de “Fifty Shades Freed”, de Danny Elfman, supone el momento álgido de la decadencia selectiva de un músico capaz de afrontar sin problemas de vergüenza la dualidad de su figura en el mundo audiovisual. Elfman ha logrado un -sin duda rentable- equilibrio comercial participando en proyectos de primera línea de taquilla y nulas aspiraciones cualitativas (toda esta trilogía pseudo erótica que ahora se cierra con el título que nos ocupa o la reciente “Justice League” sin ir más lejos), que alterna con trabajos que parecen compuestos casi en otra realidad alternativa, como sus maravillosas “Serenada Schizophrana“, “Iris: Cirque du Soleil” o “Rabbit & Rogue”. Dos Elfman para dos vertientes de su personalidad; el mercenario que se resiste a perder su posición predominante en Hollywood y el artista con capacidad y personalidad compositiva.

Lo que valía para la banda sonora de “Fifty Shades Darker“, sigue valiendo para este tercer capítulo, más tedioso en lo sonoro si cabe que los anteriores. Elfman se limita a salir del paso lo más inocuamente que puede en las escenas que le toca rellenar incidentalmente, haciendo de la invisibilidad de su discurso la seña de identidad general de su aportación. El arranque con “Freed” intenta insuflar algo de halo romántico con cuerdas difusas de acordes sostenidos sin ninguna dirección. Continúa con ritmos cíclicos impersonales en “Makeover” y “Blueprints” para sintetizadores, sección de cuerda y algún efecto electrónico peculiar, o con teclados genéricos con ecos a Thomas Newman en “A Spat” o “Ana Wakes”. El tono ligero y rockero de “Car Fun” supone la excepción al conjunto, que se bifurca entre una tensión impostada y aburrida (“Jack The Knife”, “Nightmare”, “Seeing Red”, “Ransom”) y el dinamismo superficial propulsivo necesario para tapar silencios incómodos (“Hiking”, “Bail”). Solo al final, con el conato lírico de “The Envelope” y la acción a lo John Powell de “Rescue” (destacando el chelo y el piano de cierre), parece que estemos escuchando algo cercano a música pese a sus evidentes limitaciones. Todo ello hace de la banda sonora de “Fifty Shades Freed”, de Danny Elfman, un ejemplo palmario de lo poco que hace falta para mantener la posición ganada dentro de la industria americana si se olvida uno de la integridad artística durante un par de días.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.