El Danny Elfman más puro y genuino pareció haberse diluido para siempre y sin visos de regresar a finales de los años noventa. Su éxito popular dentro del fandom y la rendida pleitesía por parte de la academia al otorgarle nominaciones tardías por trabajos mediocres (“Men in Black”) como modo de compensar la ausencia de reconocimiento para las obras previas realmente sólidas que le encumbraron, vinieron a endiosar y apalancar el talento de este indomable y precoz talento de la banda sonora, que a ojos de muchos se había quemado las alas demasiado rápido al tocar el sol de su profesión excesivamente pronto.

No obstante siempre estaba su perenne socio audiovisual de confianza, Tim Burton, para recuperarle intermitentemente con trabajos resultones e inspirados (“Mars Attacks”, “Sleepy Hollow”) que recordaban sin llegar a serlo realmente los mejores momentos de su catálogo. Cuando la cosa iba de capa caída para ambos (“Planet of the Apes”) resurgió de nuevo Burton con “Big Fish”, que supuso un punto de inflexión interesante en la carrera de Elfman, pues asumía en ella la depuración de su estilo primigenio y pulía los vicios inconsistentes de su indefinición melódica inmediatamente anterior, recuperando la esencia de su discurso pero libre de ataduras frenéticas y excesivas de juventud traducidas en sus atropelladas ideas electrónicas de madurez. Un trabajo crucial para entender toda la posterior evolución del músico.

A partir de aquí con unas cal (“Corpse Bride”, “Charlie and the Chocolat Factory”) y otras de arena (“The Kingdom”, “The Next Three Days”) e incluso mezclando este concepto dentro de ciertas bandas sonoras más o menos acertadas (“Hellboy 2”, “Wanted”, “Alice in Wonderland”), Elfman ha permanecido siempre en primera fila haciendo lo que le apetece. Pero es fuera del cine donde ha mostrado en su etapa post “Big Fish” su cara más saludable y la auténtica salud de hierro de su música más personal y conseguida. Es fuera del cine -y cabe plantearse las implicaciones de esto no solo para Elfman, sino también para muchos otros músicos de su categoría y generación que no trabajan más allá de la industria de Hollywood- donde ha entregado sus composiciones más brillantes. En el año 2006 llegaría su magistral “Serenada Schizophrana” y en 2011 esta formidable “Iris, Cirque du Soleil”.

En ella Elfman derrocha todo lo que no puede entregar a la gran pantalla por todos los motivos conocidos por el aficionado. Pero “Iris, Cirque du Soleil” queda fuera de este espectro y la libertad creativa se enarbola resplandeciente en un festival sonoro de primer orden (irónicamente ilustrando la historia del cine a través de un espectáculo con danzas, acrobacias, bailes y proyección de imágenes), plagado de ideas musicales brillantes, melodías elaboradas, hermosas y pegadizas, mezcolanza temática arrolladora y de una hondura emocional sobrecogedora. Estamos ante una composición equilibrada y prodigiosamente desarrollada que se sustenta por varios temas centrales destacados de caracter lírico, pero también liviano y circense llegado el momento, donde el uso de los coros elfmanianos aporta en los momentos precisos ese toque de magia tan inconfundible del Elfman más expresivo, característico o bufo. En resumidas cuentas la banda sonora de “Iris, Cirque du Soleil” de Danny Elfman es un trabajo exuberante, rico y extasiante en su escucha aislada, su última gran composición hasta la fecha y un título que ningún aficionado a la mejor música salida de la pluma de un compositor de cine destacado debería dejar pasar.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.