La banda sonora de “King Arthur: Legend of the Sword”, de Daniel Pemberton, se puede contar entre las composiciones recientes para un blockbuster (fallido), más interesantes y atractivas. El músico inglés ha destacado desde el comienzo de su labor audiovisual por intentar ofrecer una serie de ideas musicales más sofisticadas y menos convencionales en su aplicación y materialización, que el grueso de los nuevos músicos de cine más centrados en seguir estelas estéticas ajenas. Es precisamente en este aspecto, en la conceptualización de la sonoridad, en la elección de las texturas y en la construcción heterogénea no convencional, donde Pemberton (sin llegar a deslumbrar ni abrir los cielos) consigue resaltar por encima de coetáneos, tanto neófitos como consagrados. Que su discurso pueda parecer -en gran medida por serlo- deslavazado en su estructura formal, no impide que posea una fuerza interna arrolladora y una pegada externa brutal. El arranque de la banda sonora de “King Arthur: Legend of the Sword”, con la pista “From Nothing Comes a King”, resulta ilustrativo de lo arriba expuesto. Superficialmente es una idea recurrente del reciente cine comercial de hechuras épicas; un clúster tonal que describe grandeza y hostilidad al mismo tiempo. Pero la ejecución de la idea, con el protagonismo de la trompa marina, un instrumento del siglo XV, como voz de la llamada a la aventura, produce una fisicidad inusual en una idea sobada. Y ese es el gran logro de Pemberton, subvertir los efectos y trucos habituales de la disciplina, por reconocibles o por hastiados, transmutándolos en una nueva experiencia que no niega de sus orígenes, pero que aporta una nueva capa de imaginación y brillantez al discurso. La filigrana merece aplauso en los tiempos que corren.

La extensa edición discográfica presenta una considerable cantidad de ideas, tanto temáticas como -sobre todo- rítmicas, de lo más disfrutables como experiencia auditiva. Desde la melodía de aires celtas que hace las veces de principal y que surge inmediatamente en el mencionado primer pasaje y que volverá a sonar en “The Born King” o “Knights of the Round Table”, hasta el propulsivo motivo central, para percusión y metales (con reminiscencias al “Sherlock Holmes” de Hans Zimmer, no por casualidad), de “King Arthur: Legend of the Sword” (recuperado con visceralidad en “King Arthur: Destiny of the Sword” y ampulosidad en “King Arthur: The Coronation”), o un motivo secundario más gamberro y ecléctico para voces y elementos acústicos ejecutados de forma anacrónica en “Growing Up Londinium”, idea que continua en el jugueteo rítmico cercano al hip-hop de “Jackseye´s Tale”, cada nueva pista posee algún elemento a disfrutar. Se evoca de nuevo a Zimmer (evocando a Ennio Morricone a su vez) en “The Story of Mordred” con la ominosidad y oscuridad pertinente, pero Pemberton también es capaz de mostrar elegancia sinfónica y escalado emocional, como así demuestra en la emocionante “The Legend of Excalibur”, en el misterio inquietante y sostenido de “Vortigern & The Syrens” o en el intenso crescendo de “Tower & Power”. Destacan asimismo las canciones integradas en el discurso incidental, “The Politics & The Life” y “The Devil & The Huntsman”, ambas de tono nórdico mezclado con sonoridad y ritmos modernos, así como los jadeos y soplidos rítmicos de “Assassins Breathe” (todo un hallazgo y uno de los elementos más notorios del trabajo) y su continuación en “Run Londinium”. Incluso los fantasmagóricos coros de “Camelot in Flames”, el lánguido violonchelo de “The Lady in the Water” o la melancólica letanía mística de cuerdas en “Revelation”, aportan una extraña belleza al conjunto, rompiendo con la acción cinética predominante de pistas como “The Darklands”, con gritos distorsionados cercanos al heavy o “The Power of Excalibur”, con el tema asociado a la espada elevado al paroxismo legendario.

Todo esto choca frontalmente con una concepción estandarizada de la estructura tradicional de una banda sonora. Es innegable que el estilo visual del director de la película, Guy Ritchie, imprime parcialmente en la partitura su ADN narrativo esquizoide y bipolar (cámaras lentas o subjetivas aceleradas se alternan sin orden ni concierto, el montaje atropellado o repetitivo se sucede sin criterio, todo ello aplicado a bocajarro), pero la banda sonora de “King Arthur: Legend of the Sword”, de Daniel Pemberton, logra sobreponerse al exceso visual de su referente en fotogramas y hace del eclecticismo forzado un tour de force sonoro algo inconexo por fuerza de las circunstancias, pero decididamente poderoso en su resultado global. Una banda sonora de lo más recomendable.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.