¿De primera, o de segunda?

El Mayflower o el Titanic –grandes barcos de peregrinaje-fueron los garantes de las terribles desigualdades sociales que durante décadas separaron a los hombres en ciudadanos de primera, segunda o tercera, categorías que todavía hoy siguen vigentes en algunas zonas geográficas del mundo. Pues bien, durante la época dorada de Hollywood, allá por los años 40 y 50, la industria cinematográfica norteamericana sucumbió en cierta manera a esta discriminación de índole cultural que también afecto a los músicos de la época. Los grandes estudios tenían en nómina a algunos de los músicos más importantes e influyentes de su tiempo, como Alfred Newman, Miklos Rozsa o Bernard Herrmann -¿auténticos ciudadanos de primera?-, compositores de alto coturno que acaparaban la mayor parte de las grandes producciones de la época dejando poco o ningún espacio para que otros accedieran a ellas en igualdad de condiciones. Huelga decir que algunas de estas películas se encuentran entre la flor y nata del séptimo arte, fotogramas que tuvieron, por mor de esta desafortunada diferencia, el respaldo musical de aquellos hombres tan ilustres.

Realizando una pequeña labor de arqueología crítica –entre la bodega de carga y la bodega del pasaje- es fácil intuir que durante esas décadas se rodaron una gran cantidad de películas que tuvieron a otros tantos músicos, de afiladas y mordaces melodías, enrolados en sus filas. Músicos tan influyentes como John Addison, George Duning, Hugo Friedhofer o el propio David Raksin engrosaban esa interminable lista de segundos espadas -¿ciudadanos de segunda?- que desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo de la música cinematográfica de la primera mitad del siglo XX. Puede que de entre todos ellos sea David Raksin el que más “simpatía” despierta entre los aficionados gracias, en parte, a obras tan inspiradas como “Forever Amber” (1947) o “Laura” (1944), cuyo leitmotiv principal se encuentra entre lo más granado de la música cinematográfica norteamericana. Sea como fuere, de primera o de segunda, Raksin debería, por imperativo categórico, ser considerado como lo que realmente fue, un extraordinario compositor que tuvo la desgracia de nacer en una época dominada por las batutas de algunos de los músicos más “mediáticos” –no en un sentido peyorativo- del séptimo arte.

Laura

Adaptación de la obra teatral y de la novela de la escritora Vera Caspary, “Ring Twice for Laura”. La cinta, dirigida por Otto Preminger cuenta como el detective Mark McPherson investiga el asesinato de Laura, una elegante y seductora mujer que aparece muerta en su apartamento. McPherson elabora un retrato mental de la joven a partir de las declaraciones de sus allegados. El sugestivo retrato de Laura que cuelga de la pared de su apartamento –definido por su fantástico leitmotiv- también ayuda al detective en sus pesquisas. Laura es un clásico del cine negro que Preminger dirigió con maestría gracias a un gran elenco de artistas –memorable la interpretación de Gene Tierney– entre los que se encontraba el compositor David Raksin.

Una historia monotemática

Aunque pueda parecer increíble la música de Laura se desarrolla en derredor de un único leitmotiv (“Main title/Laura”) que Raksin utiliza para describir a la protagonista principal. Se trata de una melodía sofisticada, y en cierto modo llena de glamour, que va configurando fotograma a fotograma el retrato de una obsesión. Lo más llamativo de la historia es que el músico cede todo el protagonismo a esta melodía para remarcar la importancia de Laura dentro de la historia. Ya sea de un modo diegético, o no (“The Cafe/Radio”), este leitmotiv siempre está presente cuando la protagonista es requerida a escena, ora de nombre, ora de facto –continuos flashbacks- por la minuciosa investigación del detective McPherson. Por eso nos encontramos ante una partitura monotemática que tiene la única intención de dar protagonismo a un personaje que desde el principio de la narración está ausente, de ahí que sea la música la que da sentido, en última instancia (“The Portrait”), a la propia imagen de una mujer tan enigmática como sofisticada. La partitura se completa con música de carácter incidental (“Waldo”) que otorga el suspense y la tensión que siempre ha definido a las historias de este género. Huelga decir que este leitmotiv encumbró a un músico que por diversas razones siempre estuvo a la sombra de los llamados, músicos de primera…

Reseña de Antonio Pardo Larrosa.