Los dos nombres clave dentro de la filmografía española de Alberto Iglesias son Julio Medem y Pedro Almodovar. Si con el primero el entendimiento inicial y arranque fue fulminante, plagado de éxitos, reconocimientos y premios, para truncarse después de cinco títulos y recuperarse recientemente tras un lapso de tres largometrajes, con el segundo los inicios fueron más dubitativos -dados los gustos del realizador manchego por el uso de la música y empleo de canciones en su cine- pero la colaboración se afianzó hasta convertirse en una dupla inseparable. Durante los primeros tiempos con Medem todo fueron vino y rosas desde el corto “Las Seis en Punta” (1987), pasando por su primera cinta conjunta “Vacas” (1992), hasta el primer Goya de Iglesias a la mejor banda sonora original por “La Ardilla Roja” (1993), pasando por el segundo para “Tierra” (1995) y llegando al tercero con “Los Amantes del Círculo Polar” (1998), partitura que supone la sublimación de los conceptos audiovisuales de este tándem de lujo.

La banda sonora de “Los Amantes del Círculo Polar” de Alberto Iglesias es una obra maestra de la música de cine nacional. Un trabajo deslumbrante en su aplicación y detallismo, cargado de poesía, profundidad emocional, carga dramática, aristas lacerantes y desbordante romanticismo desde un prisma inusual. Emplea como base de la orquestación el piano, la cuerda y el viento, partiendo de un tema central desarrollado inicialmente en la pista “Día Cero”, que de forma lánguida, lejana y melancólica convierte el arranque en toda una declaración de intenciones, haciendo del eco sonoro la base de la pieza que se desarrolla sobre hermosas florituras para madera. Una suerte de discurso sin fin, una aproximación sonora al círculo que define y enmarca el relato, una idea que volverá a surgir durante pasajes como “De corazón a corazón” de forma desgarradora, en “La pregunta de toda la vida” o en su versión plena convertida -no por casualidad- en una suerte de triste vals en “Fin-Landia” y “Círculo Polar”. Los dos protagonistas y su relación poseen su propio material temático, empezando por “Ana”, que sugiere curiosidad y misterio con la flauta como voz principal. Luego está el tema de “Otto” para violín que transmite fragilidad y decadente hermosura, mientras que el bellísimo tema de amor aparece en “Aviones de papel” para shakuhachi, retomándose más adelante en “Nocturno Amor” y “Algo Conocido”.

Pistas agitadas, rítmicas y plenamente imbuidas por el diálogo de cuerda habitual de Iglesias como “La lluvia abre la ventana” o “Siento su mano en la tuya” van aportando colorido y dinamismo, y se completan con un conato de scherzo cotidiano más ligero de firma inconfundible en “Coches y Cambios” o “Dormido, Desnudo”. La conclusión en “Más Círculos” profundiza hasta lo doliente el discurso cíclico con poso trágico y sin fin que abría la obra, arrastrando hasta una conclusión emotiva, sencilla y hermosa la alternancia de piano y cuerda. Un cierre musical portentoso y emocionante que hace de la banda sonora de “Los Amantes del Círculo Polar” de Alberto Iglesias una joya musical de primer orden dentro de nuestro cine.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.