La banda sonora de “Outland” (1981), de Jerry Goldsmith, posiblemente sea una de las más incomprendidas de toda su carrera. Si llevamos a cabo un ejercicio de reflexión, abstrayéndonos por un momento de sus cualidades musicales, y nos centramos simplemente en su importancia en el contexto histórico, comprobaremos rápidamente que estamos ante una obra de notable relevancia. De hecho, no resulta descabellado afirmar que “Outland” terminaría siendo el último experimento puro del compositor norteamericano antes de su lento y definitivo pliegue, debido a las presiones comerciales, hacia el estilo postromántico popularizado por John Williams a finales de la década de los 70. Clara deudora de pretéritos trabajos, esta obra, aunque desprovista de las grandes dosis de originalidad de sus antecesoras en el género, supuso un paso evolutivo de gran importancia para el futuro devenir de muchos de los elementos más brillantes de la trayectoria goldsmithiana.

Dos de las claves definitorias de la calidad de esta banda sonora se encuentran en el maduro empleo de la politonalidad y la polirritmia del que hace gala el compositor en cortes como “Hot Water” o “Spiders”, y que se puede hacer extensible a toda la obra. Goldsmith inicia el primero de ellos enfrentando las tubas, el piano y los cuernos para crear una atmósfera de suspense, mientras que los tambores y los metales estallan durante la persecución en que activa un ostinato de cuerdas y trompetas con sordina. A partir de ese momento, la acelerada percusión, donde sobresalen unos primitivos tambores, y las frenéticas filigranas de las trompetas, encauzan de forma progresiva la orquesta hacia un único y creciente ritmo sincopado, que desemboca salvajemente en uno de los pasajes musicales más potentes y resolutivos de toda la carrera del compositor. Por su parte, en “Spiders”, se hace uso de la politonalidad aplicándola a un progresivo crescendo y de metales apoyados en unos palpitantes cuernos y sintetizadores que crean una convulsa multiplicación de ritmos, culminada con un enloquecido martilleo de los bongos y el anuncio, por medio del estallido de los platillos, del fatal desenlace.

Otra de las principales virtudes de la banda sonora de “Outland” es el esclarecedor tema que acompaña a la secuencia inicial. “The Mine” representa claramente el esfuerzo del compositor por alcanzar la perfecta combinación entre sintetizadores y orquesta. Los metales reproducen el aislamiento de la localización del film mediante notas sostenidas en registro grave; a ellos se unen con un pausado desarrollo los fagotes y los clarinetes mientras en un segundo plano los sintetizadores introducen un elemento subliminal a modo de ondulantes e ininteligibles transmisiones. En contra del indiscriminado uso que hará en el futuro de los recursos electrónicos, en esta obra, y a pesar de la inexpresividad sonora de esa primera generación de sintetizadores, Goldsmith emplea esta herramienta con una sutileza y contención pocas veces oída en su extensa filmografía. La función de los sintetizadores en “Outland” no es instrumental sino atmosférica. El gran acierto del compositor consiste en alejar cualquier intencionalidad a la hora de sustituir los elementos acústicos por los electrónicos, y exprimir de ellos el mayor rendimiento tímbrico posible para crear interesantes texturas que aporten, apoyándose mayoritariamente en la percusión, un trasfondo más rico a la partitura.

Aunque la partitura para “Outland” puede parecer únicamente un decálogo de música atonal, la realidad es que Goldsmith no perdió la oportunidad de asistir a la película, en los momentos más íntimos, utilizando formas melódicas cuando el argumento y los personajes realmente lo requerían. Buen ejemplo de ello son los cortes “The Message”, un entristecido tema de amor, no exento de cierta melancolía, y “Final Message”, que se abre amenazador y distante, como ya lo hiciera “The Mine”, para derivar en su ecuador, y con la orquesta al completo, al tema de amor en su vertiente más lírica, cerrando así la obra y la película con un optimista broche de oro en las antípodas de lo anteriormente expuesto. Favorecido por las musas, Jerry Goldsmith hace alarde de un absoluto dominio de todos los mecanismos compositivos para materializar una de las más complejas aproximaciones musicales de toda su trayectoria. El compositor aplica con precisión quirúrgica un estilo agreste y anguloso que, filtrado a través de los dosificados silencios, eleva hasta límites insospechados la sensación final del espectador ante la comunión de la música y las imágenes, convirtiendo así la banda sonora de “Outland” en un ejemplo inequívoco de la sofisticada capacidad de la música cinematográfica para generar emociones penetrando en lo más recóndito de la experiencia auditiva.

Reseña de David Rubiales Suárez.