Hay algo de Howard Shore que resulta verdaderamente fascinante y que parece robustecerse con el paso del tiempo: su insobornable integridad como artista. Shore es maestro en cuestión de extremos, ahí se basa la ejemplaridad de su obra: en un momento es capaz de satisfacer las demandas populares con partituras hermosas, ágiles y accesibles, y al punto componer un juego de sombras, una partitura tan poco susceptible de la aquiescencia melómana como la banda sonora de “Panic Room” (2002) que ahora nos ocupa; música de sutilezas, de inéditas maniobras orquestales y bien alejadas de las previsibles maneras de compositores abandonados a la repetición ad nauseam de gastados estereotipos.

El canadiense reinventa una vez más su lenguaje, y aunque ciertos pasajes pueden ser contemplados como una resolución apresurada y acomodaticia de ciertas estrategias precedentes, Shore no se jacta de ellas. Aunque guarde similitudes con “Seven” (1995), particularmente en la escritura para el registro grave de los metales, la banda sonora de “Panic Room” abunda en un diseño de percusión que poco o nada tiene que ver con discursos pasados, en tanto que aquí el motto de la composición implica cierta revisión de estilo (“Working Elevator” supone la quintaesencia del método) cuyo fin es producir un juego de claroscuros sonoros que sea correlato del efectismo fotográfico. En este sentido, los sintetizadores, maravillosamente integrados en el discurso, parecen surgir sólo cuando las evoluciones sinfónicas lo permiten, casi como si formaran el humus subterráneo de la escritura orquestal y sólo con la altura sonora les fuera concedido el permiso de alcanzar cierta trascendencia. La banda sonora de “Panic Room” de Howard Shore es una vía intermedia entre la opacidad de “Cop Land” (1997) y los reductos rítmicos de “The Client” (1994), con timbres variados y concepto iconoclasta, que da respiro con pasajes más complacientes, menos localistas.

Reseña de David Rodriguez Cerdán.