El apacible desencuentro

Un país diferente… Lo es, de eso no me cabe la menor duda. Para lo bueno y para lo malo, América, tierra de las segundas oportunidades –algo más que razonable-, vive sujeta a una ley no escrita que tiene en la doble moral su razón de ser. Un país de caras enfrentadas donde las apariencias venden una imagen que no siempre es la real; un país de moralinas a pie de página capaz de censurar, por indecoroso, el cruce de piernas Sharon Stone –¡bendita contorsión cinematográfica!-, pero que, por mor de la pela, se convierte en el mayor productor de cine para adultos del planeta tierra, cosas de la vida… Esa doble vara de medir que define a la sociedad americana de las últimas décadas ha sido trasladada a la gran pantalla en numerosas ocasiones (“American Beauty”, “Peyton Place”, etc…) teniendo muy presente que, por más que se empeñen algunos ilustrados, no es oro todo lo que reluce en el país de los Simpsons. A partir de esta sencilla premisa se construye el argumento de “Peyton Place” (1957), drama basado en la novela homónima de Grace Metalious que dirigió Mark Robson y que protagonizó, entre otros Franz Waxman –el músico es el gran protagonista-, una interesante película que aborda esa complicada realidad de fondos y trasfondos, tramoya al fin y al cabo, que convierte a un hermoso y tranquilo pueblo de Nueva Inglaterra –Peyton Place- en el centro de todas las sospechas. Un idílico lugar donde las vidas públicas y privadas de sus desconocidos habitantes se desarrollan en ese apacible desencuentro moral que marca el tempo de la historia. Es un retrato costumbrista más que acertado de una sociedad que vende una cosa y predica la contraria.

Welcome to Peyton Place

Corría el año 1957 cuando el director Mark Robson (“The Prize”, “The Inn of the Sixth Happiness”, “From The Terrace”, etc…) y la 20th Century Fox decidieron llevar a buen puerto esta compleja historia de sexo, alcohol, violencia y oscuros pasados que contó con un reparto espectacular encabezado por la actriz Lana Turner. Con un buen guión, basado en la novela de Metalious, una gran puesta en escena y una extraordinaria dirección de actores, a “Peyton Place” solo le quedaba encontrar a un músico que fuera capaz de reflejar a través de la música esa idea de la doble moral que da sentido al apacible desencuentro de la historia. El elegido fue Franz Waxman, el gran tapado de la industria cinematográfica yanqui, un músico de gran abolengo que por cantidad y calidad estaba más que capacitado para dibujar la delgada línea que separa las ocultas vidas de los protagonistas. La música es uno más, un elemento narrativo que ayuda a que esa dualidad tenga más fuerza. Waxman, no solo activó los mecanismos de diferenciación o discriminación argumental, sino que también ayudó a que la historia fuera creíble aportando consistencia estructural, es decir, creo una música de implicación emocional.

El invitado

(…) Activó los mecanismos de diferenciación o discriminación argumental… Esto es algo que queda patente en su imponente leitmotiv principal (“Main Title/Hilltop Scene”), una bellísima y suntuosa melodía que describe el lugar, Peyton Place, el idílico emplazamiento que sirve de refugio a los protagonistas. Esta idea, bucólica y emotiva a partes iguales, muestra las buenas intenciones de unos personajes que ocultan un oscuro pasado guardando de una forma muy celosa las apariencias; una parte de la historia a la que Waxman da la espalda deliberadamente. Se trata de una música melancólica que no augura el desenlace de los acontecimientos dejando que estos se desarrollen por sí solos. A esta primera idea –la principal- el músico enfrenta una serie de pequeñas melodías más oscuras y dinámicas que se desarrollan paralelas a la tensa relación que mantienen las dos protagonistas femeninas. A partir de aquí, el amor, el sexo y la violencia son los temas que interesan a Waxman dejando en un segundo plano la idea musical que implica a Peyton Place con la inocencia de los primeros compases. Esta aparece como soporte de la relación amorosa/sexual de algunos de los protagonistas (“Swimming Scene”). Por tanto, esta dualidad temática es la que condiciona el ulterior desarrollo de la historia, porque como se suele decir: “nada es lo que parece”.

Reseña de Antonio Pardo Larrosa.