Ejemplo magistral de lo mucho que puede hacer la música por una película, la banda sonora de “Psycho”, de Bernard Herrmann, sigue siendo una de las más imitadas y geniales de la historia del cine. No se trata de una partitura sinfónica, rica en colorido orquestal o que destaque por una instrumentación variada; ni siquiera suele encontrarse entre las preferencias de los aficionados, más volcados hacia otros trabajos de su autor. La clave para entender “Psycho” y su repercusión quizá permanezca en la propia naturaleza de la creación: una banda sonora resuelta únicamente mediante instrumentos de cuerda (que Herrmann definiría, al igual que la película, una música “en blanco y negro”) y exenta de melodías y motivos destacados, pero extraordinariamente ligada a la película, hasta el punto de llevar el peso de la acción o avanzar los acontecimientos.

Para expresar la neurosis y el desorden mental que padecerá Norman Bates, el protagonista, Herrmann compuso para los créditos de “Psycho” una de las piezas más obsesivas y frenéticas de la historia del cine (“Prelude”): un contundente allegro sobre la base de un ostinato tan dinámico como los títulos diseñados por Saul Bass y que Herrmann no utilizará, significativamente, hasta el momento en que la protagonista huye en coche. Lo que sin música sería una conducción intranquila en manos de Herrmann se convierte en una palpable prueba del terrorífico destino que le depara. El compositor introduce tres breves motivos en el allegro y, en los violines más agudos, incrusta una melodía que no repetirá más que en dicha pieza, desarrollando luego pasajes descriptivos más relajados (“The City”, “Marion” y “Marion and Sam”) que se oponen radicalmente al énfasis del preludio. Antes que repetir una misma idea en lugares diferentes e imponer una conexión física, Herrmann se decanta por lo emocional creando una suerte de hilo conductor subterráneo a la trama de la película. Por ejemplo, los agudos violines que subrayan el voyeurismo de Norman a través de un agujero en la pared (“The Peephole”) ya apuntan, de manera tenebrosa, su apoteósico uso durante el inminente asesinato en la ducha (“The Murder”). Al principio, Hitchcock no quería música para esa escena, pero Herrmann no le hizo caso y escribió la famosa pieza. Cuando el director la escuchó, obviamente se tuvo que retractar: fue una “decisión inadecuada”, le reconoció.

Ejecutada ferozmente por los registros más agudos de los primeros violines y los más bajos de las violas y los segundos violines, Herrmann escribió uno de los fragmentos más intensos y de mayor influencia en la historia del cine. No deja de resultar curioso que la escena dure 55 segundos, que 55 sean los planos que la componen y que el propio compositor intente acercarse a ese número propinando 48 cuchilladas musicales al espectador (a las que podrían añadirse, en efecto, aquellas que parecen continuar asestando las violas y los violines graves en la coda). Igualmente, las imágenes no muestran ni una sola incisión del cuchillo en el cuerpo de la víctima: son las sangrantes cuerdas del compositor las que toman conciencia de la fisicidad del crimen y apuñalan psicológicamente al espectador, desafiando su percepción durante 48 estacadas que podrán no verse, pero se sienten como tales gracias a la música.

Herrmann, como en tantas ocasiones, demostró los muchos trucos que puede esconder la música cinematográfica e hizo de la banda sonora de “Psycho” la obra maestra que cambió para siempre el cine americano.

Reseña de David Serna Mené.