La banda sonora de “Sinister” de Christopher Young es un perturbador y excitante catálogo de efectos de sonido que el compositor ha tratado y manipulado junto a música exclusivamente electrónica, en una suerte de travesura ochentera que entronca con su prolífico recorrido en la “serie B” pero que, perpetrada en el año 2012, y no precisamente en una película de bajo presupuesto, constituye un experimento cuanto menos arriesgado y sorprendente; una audacia sonora que, más allá de la calidad del resultado (que la tiene), debiera llamar la atención de la industria y recordar, al menos, que hubo una época en la que productores y directores de la “serie A” se atrevían de verdad con bandas sonoras inusuales y plenamente artísticas, planteadas al margen de la comercialidad de sus películas. “Sinister” es “serie A” que argumentalmente es “B” y que musicalmente suena a “C”: un hervidero aparentemente caótico pero muy bien dosificado de psicofonías, golpes, gritos, chasquidos, susurros, jadeos, gruñidos, interferencias y un sinfín de voces de ultratumba y reverberaciones que Young distorsiona a placer y combina con una música electrónica asfixiante y aterradora, con bases sintetizadas de una programación y un diseño sonoro claramente contemporáneos pero cuyo efecto global tiene más que ver con la actitud rupturista y experimental de los años de “The Vagrant”.

Se trata de un ejercicio de edición de sonido en toda su extensión, donde la musicalidad es solo un aspecto más y los esfuerzos de Young apuntan a la creación de música concreta en un marco de narratividad imposible, como bien demuestra la aparición (en el segundo tema del disco, “Never Go In Dad’s Office”) de una de esas melodías a piano tan características del compositor rápidamente ahogada por un corte como “Levantation”, ejemplo destroyer de la naturaleza desquiciante, rebelde y absolutamente imprevisible de la creación. El tímido piano de “Never Go In Dad’s Office” podría parecer un primer intento por establecer un tema principal que “ayude” al oyente, que lo ubique en un contexto al que aferrarse. De hecho, el piano (casi como único instrumento acústico “reconocible”) merodea nuevamente en “My Sick Piano”, “Millimeter Music”, “Pollock Type Pain” y “Sinister”. Otro tema que podría haber funcionado como melodía principal (de hecho, 30 años atrás y en condiciones “normales”, hubiese sido un fantástico tema central) suena, para mayor recochineo, alcanzando los créditos finales: otra sencilla pieza a piano que parece evocar, como aquella, el espíritu de toda una generación (la de John Carpenter, Alan Howarth, Harry Manfredini…) pero donde el exceso de efectos y manipulaciones corrobora, por si quedaba alguna duda, que los tiempos han cambiado y que hay que renovarse o morir (antepenúltimo corte del disco, “Sinister”); una voluntad -la de renovación- que Young sostiene hasta el final cerrando el disco con una suite de nueve minutos y un remix de “Sinister” en clave discotequera.

La justificación de estos dos bonus no incluidos en la película podría ser la de darle algo más de “sentido” (o “empaque” sencillamente) a la comercialización de la música dada su peculiar idiosincrasia. Pero, escuchados ambos, no dejan de ser una prolongación del concepto desconcertante e inclasificable de esta rara avis; una obra que, pese a encerrarse en su pintoresco hábitat y no pisar el acelerador hasta límites más inexplorados, resulta valiente y notable en la custodia de sus ideas, y devuelve a la palestra la eterna polémica sobre la pertinencia de editar bandas sonoras que tienen todo su sentido en la aplicación cinematográfica mientras que fuera, en su escucha aislada, pierden involuntariamente su fuerza conceptual (lo que no implica, desde luego, que dejen de ser legítimas musicalmente). Es posible que muchos oyentes, incluso aficionados “de pro”, no pasen del tercer corte (“Levantation”) o que, si llegan hasta el final, la experiencia de escuchar “Sinister” en disco les haya parecido entre indigesta o directamente insoportable. El problema seguramente no esté ni en esos melómanos insatisfechos ni en la comercialización física (libre y enteramente opcional) de la banda sonora de “Sinister” de Chistopher Young, sino en su naturaleza íntimamente ligada a la imagen y buen ejemplo (quizá no el mejor, pero sí uno especialmente intrépido) de las muchas posibilidades que el montaje de música y sonido puede ofrecer al arte audiovisual.

Reseña de David Serna Mené.