Dejar que las pasiones cieguen nuestro entendimiento puede ser una práctica peligrosa si lo que se pretende realizar es una crítica más o menos objetiva de una determinada cosa. Esa pérdida del espíritu crítico que todo aficionado a la música cinematográfica debe tener per se queda aletargado cuando aparece en escena aquel sentimiento de carácter unilateral –pasión- capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón. Esta admiración o interés desmedido, en ocasiones ciego y peligroso, conduce a una especie de pensamiento único capaz de seducir las mentes de esas legiones de aficionados que según quién, o qué, son capaces de cambiar ese espíritu por la etiqueta de fan –entre los que me incluyo-, el crítico, o a-crítico, según se mire, más lascivo –en un sentido erótico del término- que existe en este promiscuo universo. Siendo bastante condescendiente con esta tribu urbana que en la mayoría de las veces oye, y muy pocas escucha, uno empieza a pensar que detrás de toda esta actividad emocional hay un personaje oscuro y siniestro -¿Darth Vader?- que orquesta las emociones dirigiendo nuestras opiniones, críticas o no, hacia un mismo lugar. Sea como fuere, lo cierto es que la figura del fan, más moderado en estos lares, sigue de un modo incondicional la trayectoria de un artista dictaminando si esta o aquella es una “obra maestra”, afirmación sin precedentes que se repite con demasiada asiduidad con la gigantesca figura de John Williams. Como diría aquel, “ni tanto, ni tan calvo”, no vaya a ser que caigamos en la pedantería, esa que llevó a una profesora de mi juventud a afirmar lo siguiente:

La tarde estaba nublada, pesada, pero, una vez más, había que aguantar la charla de la profesora de musica, Doña Manuela, una viejecita de paso cansino y orejas afiladas que nos echaba el sermón todos los lunes sobre las excelencias de la música clásica.

-¡Señor Pardo, no diga usted estupideces, todo lo que compuso Mozart es sublime!

-Eso sí que es una estupidez –le replique mientras mordisqueaba la capucha de mi bic-, se está usted excediendo…

-¡Excediendo! –Gritó, a su manera, desde el fondo del aula-, podría enumerarle cientos de obras que responden a esa categoría.

-Otra fan más –pensé mientras las miradas de mis compañeros seguían el trazo firme de la tiza-, ahora me dirá que soy demasiado joven para entenderlo, ¡manda huevos!

Tomó la tiza con su mano izquierda –los zurdos no son de fiar, pensaba yo- y con cierto desdén escribió en la pizarra, “Mozart=Obra Maestra”…

-¡Por dios! –Me dije sorprendido-, hasta ese tuvo sus “cagadas”.

Hablar de forma categórica de que esto o aquello es una “obra maestra” es ir demasiado lejos cuando eso de lo que se habla no responde a dicha categoría. Durante los últimos días, y a propósito del estreno de “Star Wars: The Force Awakens”, la última “perla” de George Lucas, he asistido –sobre todo en las redes sociales- a una desmedida euforia que afecta, no solo a la película misma, sino también a la música compuesta por el maestro. Algunos la han calificado ya de “obra maestra” llegando a afirmar que todo lo que escribe este octogenario –llevados por la escasez de ideas que hay en el cine de hoy- es poco más que infalible, ¡vamos, que ni el Papa de Roma!

A groso modo, “Star Wars: The Force Awakens”, se desarrolla “treinta años después de la victoria de la Alianza Rebelde sobre la segunda Estrella de la Muerte (hechos narrados en el “Episode VI: The Return of the Jedi”), la galaxia está todavía en guerra. Una nueva República se ha constituido, pero una siniestra organización, la Primera Orden, ha resurgido de las cenizas del Imperio Galáctico. A los héroes de antaño, que luchan ahora en la Resistencia, se suman nuevos héroes: Poe Dameron, un piloto de caza, Finn, un desertor de la Primera Orden, Rey, una joven chatarrera, y BB-8, un androide rodante. Todos ellos luchan contra las fuerzas del mal capitaneadas por el Capitán Phasma, de la Primera Orden, y Kylo Ren, un temible y misterioso personaje que empuña un sable de luz roja”*. Dirigida por J.J. Abrams y producida por Lucas y la Disney, “El Despertar de la Fuerza”, ha reunido, una vez más, a John Williams con el megalómano director/productor que ha vuelto a reventar las taquillas de todas las partes del universo, pero eso es harina de otro costal.

La música escrita por Williams para la primera parte de esta nueva trilogía evidencia dos cosas bien distintas; la primera de ellas es que el maestro sigue teniendo un gran oficio a la hora de afrontar sus proyectos, una cuidada y espectacular orquestación que define su sello –algo difícil de encontrar en la música de hoy- más allá de la originalidad de sus ideas. La segunda, y quizás la más determinante, es que los años no pasan en balde (vaya, otro refrán más), ni tan siquiera para uno de los músicos más importantes e influyentes de la historia de la música. Como ya ocurriera con la segunda trilogía, la primera cronológicamente hablando, la música de esta primera entrega gira en derredor de un buen leitmotiv (“Rey´s Theme”), definido y melódico, al más puro estilo Williams, que define al personaje de Rey, la joven chatarrera de la historia, y es que la idea es la misma de siempre, a saber, nuevos personajes, nuevos leitmotivs, tan sencillo como eficaz. Con diversas variaciones (espectacular en los “End Credits”) esta melodía se convierte por mor del guión en el gran leitmotiv de la nueva entrega, hecho que nos brinda la oportunidad de disfrutar del mejor Williams. El tema de las galaxias, el de la fuerza, el love Theme de Han y Leia, sutilmente esbozado, y este de Rey, juegan con la música de acción, tan característica de Williams, para aderezar un inteligente collage que sin ser demasiado original resulta, a todas luces, efectivo. Quizás sea la música dedicada al reverso tenebroso (“Kylo Ren arrives at the Battle”), personificado en el siniestro personaje de Kylo Ren, la que más adolece de presencia y originalidad sucumbiendo ante la gran belleza del leitmotiv principal. Con todo, “Star Wars: The Force Awakens”, es una partitura correcta que tiene, como no podía ser de otra manera, algunos destellos de calidad que siempre acompañan al maestro.

Por tanto, y a modo de epílogo, huelga decir que la pasión que ponemos en todos y cada uno de los pentagramas que dan forma a las composiciones de John Williams no debe interponerse entre ese espíritu crítico, tan necesario en la música cinematográfica actual, y el fenómeno fan que representamos. Por eso, hablar de “obra maestra” en relación a este último trabajo de Williams pienso que está fuera de lugar.

Reseña de Antonio Pardo Larrosa.

* (Filmaffinity)