La aproximación para la banda sonora de “The Andromeda Strain” (1971), de Gil Mellé, convenida por el director de la película Robert Wise, fue la del extrañamiento total. La intrusión de un elemento exógeno (un virus mortal alienígena) en la tierra, se ilustraría por una homóloga intrusión sonora de inasibles cualidades sintéticas. La idea (y plena consecución del objetivo) era lograr la creación de un tapiz sonoro absolutamente desconocido hasta la fecha, una ambientación musical única, nueva, desasosegante e inquietante, que no permitiera en ningún momento identificar la amenaza con ninguna idea musical preconcebida. De este modo, la realización documental de la cinta quedaría soslayada en ciertos momentos claves por una banda sonora absolutamente contraria a los cánones, donde la experimentación electrónica y los sintetizadores serían las únicas voces del comentario incidental. Esto se corrobora desde su inicio con la negación orquestal, optando por la mutación (al igual que el virus de la cinta) de la sonoridad de los instrumentos acústicos empleados y reconvertidos en fascinantes efectos y pulsiones. De este modo y creando asimismo nuevos aparatos como el Percussotron III para generar una nueva gama de sonoridades, la audición se abre con “Wildfire”, donde diez pianos procesados electrónicamente permutan una serie de ritmos polimétricos que se conjugan creando una pista nerviosa y ágil que anuncia las claves necesarias de la música concreta de la que va a beber la obra en todo momento.

“Hex” deviene en un juego intertextual donde seis flautas alteradas intervienen en un diálogo ambiguo y superpuesto, casi un efecto de reverberación que ilustra las seis caras del hexágono que representa la forma básica del cristal que los científicos buscan, saltando a más y más aumentos al tiempo que la música se reconfigura con cada nuevo salto. “Andromeda” será la encargada de identificar con una constante pulsión electrónica la amenaza del virus, al tiempo que la pasión jazzística del autor se percibe en las anárquicas intervenciones de bajo y percusión que aumentan la sensación de extrañamiento sobre la pieza. En “Desert Trip” encontramos uno de los pasajes más contundentes, un derroche de ritmos asimétricos en continua evolución que recupera en su segundo tramo las ideas iniciales de “Wildfire” para culminar en un crescendo sintético explosivo, mientras que “The Piedmont Elegy” denota una acusada sensación de desolación, donde el juego de dinámicas sobre el motivo de la amenaza es lo más destacado. El momento más distendido del conjunto aparece en “Op”, donde la música opera como símil de la limpieza biológica que sufren los protagonistas gracias a su sonoridad electrónica cristalina.

“Xenogenesis” emplea contrabajo y piano alterados mezclados con una amalgama de sonidos que ilustran el ataque de epilepsia de uno de los personajes frente a la imposibilidad de identificar la forma de detener el virus, dando lugar a un corte de carácter alucinógeno y amorfo, que oscila entre la agresividad contenida (punteada por efectos percusivos) y una creciente tensión electrónica. “Strobe Crystal Green” culmina la banda sonora con su sección más extensa y espectacular durante el bombardeo del virus con Rayos X, primero con un violento choque de texturas rítmicas en crescendo y colisión, dando paso a un intercambio politonal del Percussotron III. Luego de la recuperación y variación del material rítmico de “Wildfire” (con la aportación de unos bizarros pizzicatos para bajo alterado), este se amplifica, conjuga y acelera hasta un clímax insostenible que cierra el disco de modo extasiante. Con el paso del tiempo y la invasión de la, en general, poco elaborada y nada inteligente electrónica que asola la música de cine desde hace décadas, este trabajo puede pecar de algo ingenuo si se le atiende superficialmente, pero su propuesta intrínseca perdura desafiante y robusta, pletórica de ideas, cargada de fascinación e inventiva como sólo las grandes creaciones son capaces de ser acreedoras. Experiencia sensorial donde las haya, la banda sonora de “The Andromeda Strain”, de Gil Mellé, propone un fascinante nuevo mundo sonoro, único e irrepetible, plagado de sensaciones indescriptibles.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.