Resulta admirable el estado de forma artística de John Williams alcanzando los 84 años y su vigésimo séptima colaboración con Steven Spielberg en el trabajo que nos ocupa. Más todavía cuando el talento y la creatividad en el ámbito de la creación musical no suele deparar sorpresas en edades avanzadas, salvo honrosas excepciones como las que Ennio Morricone y John Williams suponen para el cine. Y si la capacidad de sorpresa o la originalidad no son los elementos priomordiales en los trabajos de madurez de nombres de la talla mencionada, la artesanía y el oficio (de altura) pesan mucho más que cualquier otra consideración. La banda sonora de “The BFG” de John Williams supone un ejercicio estilístico virtuoso y elegante, deudor de las sonoridades de “Hook” (1991), “Harry Potter” (2001) o “Tintin” (2012), obteniendo de todas las épocas y estilos en esas partituras (y algunas otras como “The Witches of Eastwick” (1987) o “War Horse” (2011)) citas, ideas y referencias que sirven para atestiguar la rotunda personalidad musical estética de Williams, cuyo sello personal lejos resultar agotado se mantiene fresco y reconocible. Puede que el conjunto carezca de la definición específica de los grandes frescos sonoros del autor y la orquestación y orientación melódica sean un pequeño batiburrillo autorrefencial, haciendo de su compromiso estilístico con el relato un aspecto secundario de la creación, pero la capacidad y calidad musical de Williams sirven para sortear con holgura las debilidades de su propuesta si la atendemos desde el prisma expresivo, donde el músico vuelve a demostrarnos su magisterio.

La banda sonora de “The BFG” arranca con la pieza “Overture”, una breve fantasía para maderas y cuerda construida sobre una melodía tierna y dulce de firma inconfundible. “The Witching Hour” supone la presentación del misterio inicial que envuelve la trama, citando el tema central de “The Fury” (1978) y pasando a un motivo secundario que se torna en amenaza orquestal. El mickey-mousing habitual de Williams surge extensamente en “To Giant Country” alternado con frases recurrentes de su catálogo polifónico, y se mantendrá en pasajes como “Snorting and Sniffing”. La siguiente pista, “Dream Country” deviene en el tour de force de la partitura, un recorrido de más de diez minutos por la magia pastoral y el impresionismo de Maurice Ravel con intervención destacada de la flauta como voz solista, que tendrá una protagónica continuación en “Dream Jars”. El tema central se desarrolla con soltura en “Building Trust”, “Sophie´s Future” o “There Was a Boy”, mientras se entrelaza con motivos y florituras para viento-madera, dando paso una serie de aportaciones ligeras y agradables como el enésimo tema bufo para metales en “Fleshlumpeater” o el vals acelerado de “Frolic”, que aportan pizcas (un tanto sobadas) de colorido. Al tiempo que la intensidad dramática aumenta en pasajes como “The Boy´s Drawings” o la pompa y circunstancia se mezclan con el tono marcial en “Meeting the Queen”, el relato adquiere urgencia en el conato de acción bufa “Giants Netted”, para acabar de forma gentil con el piano de “Finale” y el compendio de “Sophie and the BFG”.

Se trata por lo tanto de un trabajo tan exquisito en sus formas como superficial en contenido y de escasa aportación temática o narrativa al universo musical de su autor, que sin embargo ofrece en su empleo de la flauta una nueva vuelta de tuerca y ruptura con los patrones modernos de Holywood a la hora de ilustrar una superproducción. Algo que solo podría venir de la mano de un binomio de músico y director tan cómplice e intocable como el que forman Williams y Spielberg.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.