Utilizando variaciones rítmicas, la banda sonora de “The Departed” (2006), de Howard Shore, provee, de forma teórica, a cada uno de los tres caracteres principales que forman los ángulos de la pirámide narrativa de la película. El triunfalismo y la expresividad que emanan de las guitarras acústicas en el tema “Colin”, acompañan perfectamente la engañosa buena estrella de un personaje como Colin Sullivan (Matt Damon); al igual que la amarga tristeza y desolación dedicada a Bylly Costigan (Leonado DiCraprio) en la pieza “Billy´s Theme”. A medio camino entre ambos se encuentra el tema asociado a Frank Costello (Jack Nicholson), oscuro, brillante y pertinaz, que aún antes de su desenlace corromperá los otros dos vértices haciéndolos converger, gracias a la rebosante intencionalidad del cineasta Martin Scorsese y el compositor Howard Shore, en su idea de retratar dentro de un mismo encuadre, a pesar de que su origen actúe en principio como fuerza repulsora, el indisoluble entrelazado que les une, de forma manifiesta, en la macabra y seductora danza que el destino les depara.

Lastima que todo ese esfuerzo semántico se quede en eso: en mera intencionalidad, en una vacua, inerte e ineficaz declaración de intenciones. Y es que se ha gastado, y se gastará, mucho negro sobre blanco acerca de la patente de corso y el hábito predador que parecen ostentar estos, mal llamados, “autores” hacia sus víctimas propiciatorias: los compositores de música cinematográfica; y que, en el caso que nos ocupa, irremisiblemente añade una muesca más al revolver del director neoyorquino. Aplastada, para mayor desgracia, sin remisión por el sustrato sonoro y alejada de su propósito fundacional como subliminal fuerza unificadora de la inconexa relación de personajes que pueblan “The Departed”, el cariz reflexivo y expositivo de gran parte de la música compuesta por Howard Shore queda alejado de la propia inevitabilidad del argumento, devorada por un torbellino helicoidal en el que los personajes, sin lugar para la pausa, no piensan, actúan; no solicitan, se apropian; creando así un conflicto irresoluble, entre el subrayado musical y su soporte fílmico, en el que ambas posturas no hacen sino agrandar el abismo que las separa y que, ni siquiera, los torpemente utilizados temas preexistentes logran estrechar.

Como la excepción confirma la regla, no sería justo pasar por alto la fugaz reconciliación que se produce en la escena que sirve como eje temporal y espacial a la película. En ella, Billy Costigan, el personaje quizá más redondo de toda la trama, emprende un viaje de ida y vuelta, flashbacks mediante, en su cara a cara con la psiquiatra Madolyn, y en el que se evidencia que definitivamente ha tocado fondo, acosado, despreciado y humillado, como si de una “rata” se tratase, mientras, en segundo plano, escuchamos el poderoso y sincero lamento de la guitarra de Sharon Isbin en “Billy´s Theme”. Los tiempos cambian, las personas evolucionamos, y la forma de hacer cine no es ajena a estos procesos. Scorsese ya no es el director visceral que era, ese cineasta que construía escenas antológicas, y por acumulación de éstas: películas, desde las tripas. Ahora es más cerebral, más analítico. Un adorador del metrónomo que cae en excesos y atropellamientos y que funciona a base de empobrecedoras autoreferencias. Al contrario que Howard Shore, un compositor que se redefine, en su constante reivindicación, con su trabajo en esta película a pesar de que en su última expresión la sensación sea igual a la de la inoperante pólvora mojada.

Reseña de David Rubiales Suarez.