La colaboración establecida entre John Favreau en su faceta de director y John Debney parece haber cuajado para las propuestas más expansivas, caras y hollywoodienses del primero. De este modo las cintas con mayor potencial taquillero de Favreau han contado con Debney en su apartado musical siempre que ha sido posible y suman con la banda sonora de “The Jungle Book” su cuarta unión conjunta (tras “Elf”, “Zathura” e “Iron Man 2”). Es algo lógico si atendemos a los parámetros que definen en general la música del compositor americano: adaptable, funcional, prototípica, genérica y maleable a cualquier requisito o exigencia de la producción y de los gustos estéticos (temp-track incluido) imperantes. Así pues esta nueva versión del clásico relato de Rudyard Kipling retoma todas y cada una de las señas de identidad del mismo y de previas películas, en especial la musical animada de Disney -que también produce aquí- de 1967 de la que emplea varias de sus populares canciones, para repetir la fórmula de la coca cola sin reparar en gastos.

Siendo el músico proclive al discurso sinfónico y a su empleo temático siempre que es posible, la banda sonora de “The Jungle Book” de John Debney se presenta como un generoso compendio de referencias sonoras del género de aventuras de la más diversa índole. El arranque trepidante y percusivo con “Speed 2” de Mark Mancina en la memoria da paso a los aires románticos a lo John Barry de un tema de amor inspirado en el de “Medicine Man” de Jerry Goldsmith, nombre al que Debney acudirá en varios momentos del trabajo, tanto para construir su tema central, calcado de “Star Trek: Voyager”, como en diversos fragmentos de acción sincopada de filiación inmediata. No es el único autor expoliado, también la orquestación selvática y tremebunda en metales de David Newman para “Operation Dumbo Drop” y “The Phantom” asoman entre las costuras. Por si el corta y pega generalizado no fuese suficiente, el músico se ve impelido a usar las canciones de 1967, pero al tiempo modernizar el discurso en la acción cuando las imágenes lo requieren con loops, coros (que de nuevo recuerdan a “The Mummy Returns” de Alan Silvestri), ritmos a lo Bourne de John Powell y demás parafernalia, haciendo del conjunto un Frankenstein estético de tomo y lomo. Solo la desesperación del aficionado por la robustez orquestal del trabajo podría justificar tamaño desbarajuste conceptual.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.