Billy Wilder, director con el que Miklos Rózsa había trabajado en tres ocasiones durante los años 40 (“Five Graves to Cairo”, “Double Indemnity” y la memorable “The Lost Weekend”), acudió nuevamente al compositor húngaro con la obsesiva idea de que su concierto para violín y orquesta, opus 24 (una de las obras favoritas del realizador) sería perfecto para ambientar toda la película “The Private Life of Sherlock Holmes”. Aunque no fuese algo muy frecuente (no hay muchos casos en la historia del cine de adaptación de una pieza clásica previa), a Rózsa le pareció bien y asignó diferentes piezas a ideas o personajes de la película, se deshizo de los pasajes menos apropiados y escribió material completamente nuevo, acorde con el delicado clasicismo de su estilo. El exquisito conjunto ensalzó la película a una categoría que, por desgracia, no pudo igualar el propio filme de Billy Wilder, al que la United Artists amputó una enorme parte de su metraje destrozando, de un modo calamitoso, la atípica disección del personaje de Arthur Conan Doyle dibujada por Wilder.

La United Artists, además, vendió la película como otra comedia más del director de “Con faldas y a lo loco”, cuando “The Private Life of Sherlock Holmes”, tan indefinida como hermosa en su montaje final de dos horas, alberga una de las historias más trágicas y desoladoras en la carrera de Wilder: aquella en la que un Holmes adicto a la cocaína se engancha, por una vez, a la dosis del amor y resulta objeto de un engaño. Rózsa asoció la apertura del primer movimiento de su concierto, una bellísima, enrevesada y enérgica melodía de aire afligido, a la tristeza que asola a un detective tan lúcido y perspicaz como profundamente dolido, que bajo su fachada de astucia y ambigüedad sólo exterioriza sus sentimientos cuando toca el violín. Su pasión por este instrumento permitió a Rózsa que fuese el propio Holmes, narrativamente, quien ejecutara ese primer movimiento como portavoz de sus inquietudes más íntimas (“Concerto”), presentándolo durante los créditos iniciales justo cuando un viejo baúl que guarda sus objetos personales es abierto años después (“Main Titles”).

Asimismo, Rózsa convirtió el segundo movimiento del concierto en el “love theme” de Gabrielle, la misteriosa mujer que envuelve a Holmes en el caso central de la película y cuya relación (esa que pudo haber sido y nunca será, culminada en una de las despedidas más sutilmente románticas de la historia del cine: cuando ella, alejándose en un carruaje, se despide de Holmes abriendo y cerrando su paraguas con un mensaje en morse) se manifiesta en otra delicadísima melodía, más suave y apacible, que suena durante los créditos al desenrollarse una vieja partitura musical de Holmes y, ya más tarde, cuando Gabrielle aparece en el 221B de Baker Street dando inicio a la investigación (“Gabrielle”).

Ambos temas, el de Holmes y el de Gabrielle, acaparan un alto porcentaje de la partitura, pero Rózsa escribió mucha música nueva (y de la misma calidad) para la parte final en Escocia, como el grave y enigmático leit-motiv que alude a los supuestos monjes trapenses (presentado en “Von Tirpitz Appears”), la pomposa pieza imperial dedicada a la Reina Victoria (en “The Diogenese Club”), el tema que infunde un cariz más aventurero al pobre ataque del monstruo del Lago Ness rodado en estudio (“After the Monster/The Monster Strikes”) o, por encima de todos, la exultante y dinámica variación del tema de Gabrielle que dota de energía y vitalidad al recorrido de la pareja y Watson por los castillos escoceses.

Otro de los “highlights” de la banda sonora es, desde luego, un hermoso vals que al quisquilloso de Wilder le pareció “demasiado vienés” pero que Rózsa igualmente encajó en los créditos iniciales y finales de la película, potenciando su elegante envoltorio con una pieza que, durante décadas, fue la única manera de acceso a la banda sonora (a través de un excelente recopilatorio de la música de Rózsa dirigido por Elmer Bernstein en 1987). Con la partitura completa ya en las manos, sólo falta que el American Film Institute consiga restaurar el montaje final de Billy Wilder, ese que quizás permitiría ver “The Private Life of Sherlock Holmes” como la obra maestra que no pudo ser (a lo sumo, una película maravillosamente imperfecta) y apreciar, en su contexto, la música escrita por Rózsa para los otros casos a los que se enfrentaba Holmes. Para consuelo de los rastreadores de “cameos”, la United Artists al menos dejó intacta la cuarta y última aparición de Miklós Rózsa en una película, pues él mismo es quien dirige a la orquesta en el teatro donde actúa la bailarina rusa en el episodio inicial.

Durante décadas, la banda sonora de Miklós Rózsa para “La vida privada de Sherlock Holmes” ha sido un vehemente deseo por parte de los aficionados puesto que carecía de edición discográfica alguna. En 2007, por fin, el productor James Fitzpatrick elaboró una cuidada reconstrucción de la partitura original para el sello Tadlow Records con Nic Raine al frente de una City of Prague Philharmonic más afinada y precisa de lo acostumbrado. Y en 2013, tras años de búsqueda de los másters originales (lamentablemente desaparecidos), otro productor, José María Benítez, editó los tracks de la banda sonora original en una “edición de archivo” con un sonido mono remasterizado (y diálogos eliminados) de la mejor manera posible, en una cuidadísima presentación en Quartet Records que ofrecía por primera vez la interpretación de Rózsa al frente de la Royal Philharmonic Orchestra en 1970.

Reseña de David Serna Mené.