Cuesta hablar de la obra de James Horner con la noticia de su fallecimiento tan dolorosamente cercana. Pero sumergiéndonos en su música, que es lo más terapéutico que podemos hacer en estos momentos, los aficionados no tenemos más remedio que rendir pleitesía a uno de los grandes creadores de magia y fantasía en la industria del Hollywood moderno. La capacidad de Horner para aupar con un sonido netamente sinfónico, melódico y orquestal la narrativa de sus aportaciones, superaba ocasionalmente con mucho las necesidades fílmicas de las películas en las que trabajaba. Su discurso, robusto y temático, imbuido en la tradición expositiva de Jerry Goldsmith y John Williams sin escatimar en referencias clásicas, adoptó unas formas sucesivamente más sofisticadas y propias según su carrera se acercaba al comienzo de la década de los 90. Tras disfrutar del éxito del público (“Krull”, “Cocoon“, “Willow”) y de la crítica (sus nominadas a los Oscar “Aliens” y “Field of Dreams”, o al Globo de Oro, “Glory”), Horner iba puliendo su estilo y comenzaban a eclosionar obras clave -por el viraje estético y el peso futuro de su orquestación- en su filmografía como “In Country” o “Dad”. No obstante, el sinfonismo expansivo que llevaba cultivando durante la década de los 80 era el idóneo para afrontar una de las composiciones más memorables -e incomprensiblemente menos relevantes- de su carrera como músico festivo y colorista.

“The Rocketeer” de James Horner data de 1991 y es el epítome de la banda sonora americana por excelencia. Un festival de música orquestal radiante, propulsiva y de gran riqueza temática, pero al mismo tiempo dotada de un dinamismo narrativo y una dosificación de los elementos dramáticos ejemplar. Su tema central noble y heroico, presentado de modo nítido y emocionante durante la primera pista “Main Title/Take Off”, se inspira claramente en la pieza “Jupiter” de Gustav Holst, pero al igual que hiciera Bill Conti para “The Right Stuff”, Horner le aporta un sabor netamente americano a lo Aaron Copland, al que inmediatamente acudirá en el corte siguiente, el trepidante y fanfárrico “The Flying Circus”, en sus citas finales a “Rodeo”. No obstante, en estos momentos de su carrera Horner podía tomar como inspiración estas ideas, pero lograba ir más allá de la mera referencia construyendo piezas a la altura de sus originales, perfilando imaginativas variaciones o resoluciones más contundentes, logrando con mucha holgura igualar -cuando no superar- la emoción de sus maestros. Es aquí donde Horner no tenía rival, en la emoción.

El uso de este tema central y sus consiguientes apariciones, con versiones aventureras o tensas (“Redezvous at Griffith Park Observatory”, “The Zeppelin”), da paso a los temas para “Jenny” de una suntuosidad romántica creciente para cuerda nacida de una sola nota de piano, y el villano en “Neville Sinclair´s House” de ominosos metales donde se personará de modo elegante el motivo de amenaza (bien conocido como parabará) heredado de Rachmaninov. Pero si hay una pieza en la que merece la pena hacer hincapié mientras nos dure el dolor por la pérdida de su autor, es el memorable colofón de “Rocketeer to the Rescue/End Title”, auténtico tour de force final donde el tema central alcanza su esplendor, se recupera una arrebatadora versión del tema de Jenny y se culmina con uno de los instantes más épicos (amén de ejecución técnica más meritoria y mejor grabada) de la carrera de su autor. Recordar su pasión por el vuelo, de la cual esta partitura parece continuamente infectada, nos puede llevar a imaginarnos, en un acto de despedida simbólica, a James Horner como piloto de su propia nave ascendiendo hacia la eternidad de las estrellas acompañado de una de las codas más vibrantes y pletóricas de la música de cine contemporánea, la que compuso para la banda sonora de “The Rocketeer”.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.