La banda sonora de “Eastern Promises” de Howard Shore se enmarca dentro de su discurso musical de mayor pureza; directa, intelectual y tan brillantemente concebida como sobriamente ejecutada. La sencillez de los conceptos que el compositor canadiense maneja, así como la maestría que demuestra en ellos, en su evolución, desarrollo e imbricación, dan testimonio de la sobrada holgura con la que es capaz de crear -aparentemente sin demasiado esfuerzo- un trabajo tan consistente como cargado de finura por el que planea (de forma totalmente lícita al ser parte de la esencia estética de Shore) algo del minimalismo tan común a la música cinematográfica de nuestros días. El tema principal hace su aparición en el corte que abre el disco, “Eastern Promises”, una melodía interpretada por el violín solista de Nicola Benedetti, cuya enorme belleza radica tanto en su construcción inevitable, como en el sutil acompañamiento orquestal que la envuelve y las florituras que la adornan en su desarrollo. De transmutará en un pasaje lúgubre, de poso trágico y se cierra con gran calado emocional recuperando a la joven violinista.

La brillantez de este arranque, que podría funcionar perfectamente como pieza de concierto da paso a “Tatiana”, tema secundario en el que Howard Shore vuelca todo el sentimiento dramático y desgarrador del que ya hizo parcialmente gala en otra magnífica banda sonora para David Cronenberg: “M. Butterfly” (haciéndose en aquella eco directo de Puccini). Un ejercicio de virtuosismo al violín de nuevo de la mano de Benedetti que fluye hacia el carácter localista ruso en las figuras que durante el mismo se ejecutan y en los tintes étnicos de la cuidada orquestación (la balalaika y el címbalo así lo atestiguan). Cortes como “London Streets” o “Sometimes Birth and Death Go Together” dosifican apuntes de suspense y melancolía, citando de forma intermitente el tema central, al tiempo que “Trafalgar Hospital” o “Nikolai” lo retoman de forma plena con brevedad y elegancia. Mientras el motivo construido para “Vory v Zakone” alude con sutileza (recordando por instantes a “Looking for Richard”) a la nobleza del protagonista a la hora de ascender dentro de la estructura estamentaria criminal con ecos medievales.

La pieza “Kirill” supone un ejemplo de contención y síntesis, donde la orquestación étnica se ve acompasad por la estructura de los acordes típicos del autor de “Seven”. Con “Anna Khitrova” llegamos a uno de los momentos culminantes de la banda sonora, un recorrido exquisito por los elementos claves de la sensibilidad shoeriana unidos la inspiración eslava del film, que de forma magistral se conjugan con otra portentosa intervención de Benedetti. Instantes más acordes con las constantes del binomio director-músico, al tiempo que lugares comunes de sus uniones previas se atisban en “Nine Elms”, hasta alcanzar, tras el reposo de “Like a place in the Bible”, el tour de force final de “Trans-Siberian Diary”, una apabullante culminación del material temario básico donde la London Philarmonic Orchestra despliega su innegable poderío de forma impresionante, en el único derroche plenamente sinfónico de la extraordinaria banda sonora de “Eastern Promises” de Howard Shore.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.