La banda sonora de “Hercules”, de Fernando Velázquez, para la nueva y testosterónica versión del personaje a manos (y sobre todo músculos) de Dwayne Johnson, responde al mismo exceso que justifica la existencia de productos de este calado. La aventura mitológica a caballo de “Gladiator” de Scott y Zimmer, trae consigo todos los vicios y clichés estéticos que esta cinta impuso. Los efectos de la globalización permiten que el talento patrio resulte tan exportable como el europeo o el americano, consiguiendo en el apartado sonoro de blockbusters del mainstream hollywoodiense, que apenas se note el apellido del responsable de crear el épico y mastodóntico acompañamiento musical pertinente.

Lejos de criticar este aspecto, Velázquez ejecuta una pulcra y efectiva composición de cliché bien remendado y gusto por el sinfonismo melódico. Le falta el gancho de un autor con pluma propia, pero en nada tiene que envidiar los logros de su compatriota Javier Navarrete en la secuela “Wrath of the Titans”, así como a la ristra de autores de todos los colores para films de similares sabores musicales como el Brian Tyler de “Thor: Dark World” (o toda la ristra de sus “The Expendables”), el Ramin Djawadi de “Clash of the Titans”, el Patrick Doyle de “Eragon”, el Alan Silvestri de “The Avengers” o salvando las distancias el -un poco más esforzado- Alexandre Desplat de “Godzilla”.

La banda sonora de “Hercules” de Fernando Velázquez ofrece grandes dosis de todo en grandes proporciones. Sobre un pequeño y retentivo motivo de calado heroico se construye el conjunto de la obra, salpicada de un par de breves pinceladas étnicas y vocales, de nuevo con “Gladiator” y Zimmer en la memoria. De hecho, su falta de mesura es quizás su mejor aliciente. Quizás consciente de la falta de profundidad de la cinta, su ritmo constante y demoledor con percusiones, electrónica, acústica moderna (con divertida cita a Led Zeppelin incluida), metales sobredimensionados y ni un segundo de reposo (un “wall to wall” en toda regla), son las mejores armas para afrontar un proyecto tan apabullante como vacuo y carente de ideas profundas. Como unos buenos fuegos artificiales, cuanto más duran y apariencia de variedad aportan, mejor. Pero tras demasiado tiempo mirando hacia arriba, el cuello acaba por dolerle hasta al más apasionado e impresionable de los espectadores.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.