Si nos paramos un instante a contemplar en perspectiva el titánico esfuerzo creativo de Howard Shore para con el universo literario de J.R.R. Tolkien plasmado en imágenes con inmediatamente decreciente calidad cinematográfica por parte de Peter Jackson desde el estreno de la primera parte de “The Lord of the Rings”, hasta esta tercera entrega de “The Hobbit”, no podremos sino concederle al compositor canadiense todas las alabanzas imaginables. No solo se trata de coherencia interna y de capacidad de imbricación temática musical a lo largo de casi catorce años y seis películas, sino de batalla continua contra la industria cinematográfica comercial y el entretenimiento moderno digital en términos absolutos, así como la lucha del discurso musical plenamente artístico frente al ego de su realizador estrella.

Si la fuerza expresiva y la capacidad de sorpresa en la escritura para la Tierra Media han mermado en inventiva la mano de Shore, no es algo que podamos achacarle exclusivamente a su esforzado responsable, respetuoso hasta el final y quizás el mayor ejemplo de integridad autoral dentro del equipo de la saga frente a la fricción comercial para con la inspiración primigenia de los relatos. Forzado a componer una cantidad ingente e interminable de material para segmentos artificiales y rocambolescamente estirados, Shore ha hecho -de modo coloquial- encaje de bolillos a la hora de no traicionar su propio estilo y el lenguaje desarrollado para el mundo audiovisual de Tolkien. Es por ello que a estas alturas quizás pueda parecer que su música cierra el círculo de un modo poco sorprendente e incluso agotado si la atendemos superficialmente. Nada más lejos de la verdad.

La pieza de arranque “Fire and Water” propone un apabullante ejercicio de polifonía, que pese a la edición mezclada con menos tino del habitual, ofrece un despliegue de acción, heroismo, misticismo y sinuoso misterio, recuperando la orquestación de tintes arábigos para el dragón Smaug mostrados en la entrega previa, que continua en “Beyond Sorrow and Grief”. Temáticamente parece que poco queda por aportar a la saga, pero Shore se las ingenia para deslizar pequeñas gemas melódicas para madera en “Shores of the Long Lake”, así como un enérgico nuevo tema para Dain en “Ironfoot” (de raices celtas y tono aventurero en esta, su mejor versión), mientras juega con su basto abanico temático a lo largo y ancho de la partitura. De este modo, entre poderosos y variados bloques de acción (“The Darkest Hour”), heroicos momentos de aventura épica (“Mithril”, “Battle for the Mountains”) pasajes corales sobrecogedores (“Ravenhill”), ominosos metales (“Bred for War”) y emotivas rendiciones líricas (“There and Back Again”), se alcanza el final de todas las cosas con una canción ajena al músico (“The Last Goodbye”), pero de gran similitud melódica con la que el mismo crease para “The Return of the King”, la bellísima “Into the West”.

Que la orquestación (más saturada de lo habitual) y dirección de la música quede en manos de Conrad Pope y James Sizemore al igual que ocurrió con “The Hobbit: The Desolation of Smaug”, rompe con la entrega absoluta de Shore para con el proyecto, pero esto se vuelve a deber a términos logísticos (al estar la orquesta titular localizada en Nueva Zelanda y la adicional junto a los coros en Londres) y no a desentendimiento alguno por parte del compositor. Dicho esto, la banda sonora de “The Hobbit: The Battle of the Five Armies” de Howard Shore en su versión extendida puede ofrecer cierta sensación de collage, ya que sin un foco conceptual claro, la narrativa musical carece de picos. No obstante la escritura y trenzado de las relaciones armónicas entre temas y motivos, sugiriendo infinidad de sonoridades y situaciones, ya merecen el aplauso. No hay muchos autores con tamaño talento y voz propia capaces de algo así.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz David Rodriguez Cerdán.