El alemán Hans Zimmer es el gran “pope” de la banda sonora moderna. Primero tomó el control musical de Dreamworks, luego el de Hollywood y finalmente está conquistando el futuro con su amalgama estético-electrónica en continua evolución, convertido en DJ multimedia internacional con el blockbuster anual de turno como tarjeta de presentación. Pero cuando le llega la hora de rendir tributo y homenaje a un género por el que siente pasión, se apea del coche volador y monta a caballo para volver a mirar hacia los atardeceres de leyenda.

En la fallida y excesivamente alargada “The Lone Ranger” cuesta decidir a cual de los dos, director o músico, le gusta más el género. Si a Gore Verbinsky el cine de John Ford y Sergio Leone o a Hans Zimmer la música de Ennio Morricone. Ya con su trabajo conjunto previo “Rango” habían declarado su amor por el western, pero donde allí el metalenguaje y la brillantez conceptual se aunaban al homenaje y la destilación de los códigos del relato clásico del oeste desarmándolos y volviendo a construirlos delante del espectador, aquí no hay suficiente materia prima ni inspiración que logren sobresalir, quedando todo en un simpático ejercicio visual de factura impecable con un par de pinceladas a medio camino entre el cartoon y el cine mudo.

Zimmer sin embargo cumple con el romanticismo épico del género de claro aroma morriconiano, aportando además la desubicada pero entrañable “Overtura de Guillermo Tell” en unas enérgicas y fanfárricas intervenciones muy oportunas, aunque sea la música bufa dedicada a Tonto -de resonancias directas a otro título con ecos al maestro italiano como es “Sherlock Holmes”- y la hermosa, sentida melodía crespuscular final lo más afortunado de una banda sonora variada, colorista y bastante más intensa y homogénea que el film al que acompaña.

Reseña de Ignacio Garrido Muñoz.